25 octubre 2009

Primer ciclo de sufrimiento

Si por algo recuerdo mi paso por la universidad Carlos III es porque apenas guardo recuerdos de ella. Todos los que me conocéis sabéis que tengo una memoria chiquitisca y únicamente almaceno las cosas importantes. Esto quiere decir que de asignaturas y profesores me acuerdo bastante poco. Memoria selectiva lo llaman.

Podría resumir primero de carrera en cuatro palabras: “¿Qué pinto yo aquí?”. Como ya conté, me decidí a estudiar Comunicación Audiovisual y, por el módico precio de un año más, también Periodismo. Los jerifaltes de la universidad tuvieron a bien separar a los alumnos de la carrera conjunta y el azar quiso que fuera de las últimas de la lista a quienes les tocó con el grupo de Periodismo. Justo el bando que no quería (lo siento chicas, pero esto ya lo sabéis de siempre). Todo iba enfocado a la redacción y poco a cómo mostrar las cosas visualmente. De ser una chica a la que le gustaba estudiar, que prestaba atención a los profesores, aplicada, etc. pasé a pegar cabezadas en clase y pasar de todo. Y estábamos en primero…

Nos mandaron leer libros de los que ya no recuerdo ni el título. Os lo juro, sé que leímos a Proust, Beckett, Kafka, Saramago y a otro puñado más pero sólo recuerdo, y vagamente, “Memorial del convento” (será porque había estado en el edificio del que habla la obra y en mi cabeza esa historia cobraría más vida que el resto). También puede tener que ver que me leí seis o siete libros de los obligatorios en las tres semanas de Navidad…

Ya no recuerdo en qué curso tuvimos Historia de España y Geografía humana pero sí sé que aprobé porque directamente dejé a un lado los apuntes de clase y me estudié los de Bachillerato (y con Geografía conseguí una de las notas altas, si no la más, de toda la carrera –junto con la asignatura de la Sosa, único miembro del profesorado que se aprendió mi nombre en los cinco años).

Vamos, que unas cosas me parecían una tomadura de pelo (no aprendíamos nada) y otras no me interesaban mucho. Me quedé en la carrera rezando por que el año siguiente fuera mejor. No me hernié y aprobé todas a la primera. En mi casa alucinaban. No sabían si era que yo era muy lista (porque me veían que no hacía ni el huevo) o que, verdaderamente y como les decía, la universidad no era para tanto.

Segundo fue por el estilo. Lo único que me llamaba la atención era Fotoperiodismo (por fin alguien me enseñaría a usar una cámara réflex) pero todo se quedó en “Historia de la fotografía”. Que aún así me gustó, más que nada por ser algo relacionado, pero que me defraudó por no recibir lo que esperaba.

Así que segundo también pasó sin pena ni gloria y al curso siguiente “alguien” decidió que ya era hora de juntarnos con quien nos correspondía. Esto significo un descenso drástico en el contacto con la mayoría de compañeras de clase, quienes, con cariño pero con cachondeo, me habían apodado “Lara Croft”. Mis escapadas matutinas para contestar el teléfono (quien me llamaba no era sino mi madre para darme los buenos días y asegurarse de que había llegado sana y salva a clase, que Getafe dista mucho de Villaverde) les hizo dudar de mi identidad. ¿Sería que tenían en clase una aventurera que cada día tenía que salvar a la Humanidad?

4 comentarios:

  1. Es que decir que tu madre te llama todas las mañanas tiene muy poco glamour, es más interesante inventarse vidas paralelas.

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  2. Bueno, no todo fue improductivo en su paso por la universidad, al menos sacó en limpio una foto de unas taquillas amarillas....

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  3. Pues vaya vaina que te hicieron con la partición de grupo... Yo insisto en que nos devuelvan el dinero o algo...

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  4. Creo que la foto de las taquillas es la más decente que salió del curso de Humanidades "Fotografía en movimiento". ¿Quizá porque no tiene movimiento?

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